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	<title>MAGNUS Viajes y Turismo</title>
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		<title>Mexico: La ruta de la plata</title>
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		<pubDate>Mon, 26 Jul 2010 11:00:42 +0000</pubDate>
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		<description><![CDATA[Siguiendo las huellas abiertas por las mulas cargadas de plata en la época virreinal se recorre hoy en México un camino que va desde el Distrito Federal hasta Zacatecas, pasando por ciudades y pueblos coloniales y mineros. Taxco, Querétaro, Guanajuato, Aguascalientes, San Miguel Allende, otros tantos hitos de un itinerario con encanto e historia.]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="http://magnusvyt.com.ar/wp2/wp-content/uploads/2010/07/San-Miguel-Allende-Mexico.jpg" rel="lightbox[2512]"><img src="http://magnusvyt.com.ar/wp2/wp-content/uploads/2010/07/San-Miguel-Allende-Mexico-150x150.jpg" alt="" title="San Miguel de Allende. La ciudad de la Ruta de la Plata preferida por artistas, pintores y escritores." width="150" height="150" class="alignleft size-thumbnail wp-image-2513" /></a><strong>JOYA AZTECA</strong><br />
México es uno de los primeros productores mundiales de plata y el país donde se encuentra la mina de plata más grande del mundo. Son legendarias las historias de aquellas rutas abiertas a lomo de mula para trasladar el precioso metal desde las minas de Zacatecas hasta la Ciudad de México, durante el virreinato, y no menos legendaria la habilidad de sus artesanos para transformar el material primigenio en joyas de rara hermosura.<br />
Entre muchas otras, cuenta una de las tradiciones populares que en el siglo XVI un fugitivo de la cárcel de Zacatecas llegó hasta las primeras estribaciones del Nevado de Toluca, mientras buscaba un sitio seguro donde esconderse: allí, protegido por la suavidad del clima y la riqueza de la vegetación, se refugió de los ojos curiosos que lo perseguían.<span id="more-2512"></span> Hasta que un tiempo después descubrió por azar una veta de plata, que sería el origen de su libertad –concedida por el virrey a cambio de conocer la ubicación de la veta– y de su fortuna. Historias así jalonan la Ruta de la Plata, un itinerario turístico que hoy atraviesa a grandes rasgos el centro del país desde la capital hasta Zacatecas, deteniéndose y desviándose hacia ciudades y pueblos de belleza colonial, cordialidad a la mexicana y arraigadas tradiciones.</p>
<p><strong>TAXCO, QUERETARO Y SAN MIGUEL</strong><br />
La más famosa ciudad de la plata en México se encuentra a un tercio del camino que separa la capital de Acapulco. No puede imaginarse una postal más bonita que la de esta ciudad de casas blancas y techos rojos, cuyas florecidas santa ritas arrojan un poco de sombra sobre las callejuelas que desembocan sobre el zócalo y su principal monumento, la espléndida iglesia de Santa Prisca. La belleza barroca del templo, coronado por dos torres de 40 metros de altura, fue financiada por uno de los hombres más ricos de México, José de la Borda, que había hecho fortuna en las minas de plata. Para ser fieles a la ruta, hay que visitar el Museo de la Plata y luego algunas de los cientos de joyerías donde los artesanos despliegan lo mejor de su arte en las más variadas técnicas de repujado, tallado y filigrana.<br />
Conviene regresar a Ciudad de México para seguir el antiguo Camino Real hacia Querétaro, una bella ciudad colonial conocida entre los aficionados por su plaza de toros. Para la historia mexicana tiene un significado especial: aquí se firmó en 1848 el Tratado de Guadalupe Hidalgo, que puso fin a la guerra con Estados Unidos (y le significó a México la pérdida de buena parte de su territorio). También aquí, en el Teatro de la República, se selló en 1867 el destino del emperador Maximiliano y en 1917 se firmó la Constitución mexicana. Pero naturalmente, como en gran parte del México colonial, los principales monumentos son iglesias y conventos que atesoran verdaderas maravillas del arte barroco.<br />
A 65 kilómetros de Querétaro, el siguiente alto en la Ruta de la Plata es la preciosa localidad de San Miguel de Allende. Hay aquí sin duda cierto “microclima”, debido en parte a la concentración de artistas, pintores y escritores –norteamericanos muchos de ellos– que eligieron vivir en la ciudad desde antes de la Segunda Guerra Mundial, cuando el pintor Stirling Dickinson fundó una escuela de arte que tuvo numerosos seguidores y sucesores. Todo en San Miguel es encantador, desde la arquitectura y los colores de las calles hasta la alegría contagiosa de los pobladores en sus numerosas fiestas populares. Hay que visitar el Instituto Allende, la Plaza Mayor, el Museo Histórico de San Miguel, la Casa de los Condes de Canal y el monasterio de La Concepción, pero sobre todo hay que disfrutar del paso plácido de la vida frente a un buen plato de tortillas, ya que en San Miguel nunca hay apuro, y de sus numerosos negocios de artesanías. Además, quien disponga de tiempo y entusiasmo puede intentar la experiencia diferente de sumarse a un taller de joyería en plata con algunos de los principales orfebres de la ciudad.</p>
<p><strong>GUANAJUATO</strong><br />
No sólo por la Ruta de la Plata Guanajuato es una de las ciudades turísticas más conocidas de México. Famosa por las minas de plata y oro que hicieron su esplendor desde la época colonial, también es la primera ciudad cervantina de América, seguida luego por Azul en la provincia de Buenos Aires. La actividad de extracción de plata fue fluctuando con el tiempo, pero nunca dejó de poner un sello distintivo en la vida local, una vida signada también por el particular trazado de sus calles, que suben y bajan caprichosamente, a veces al borde del barranco sobre el río, a veces entre túneles bajo los edificios antiguos, a veces entre escaleras que desembocan en algún pasaje solitario.<br />
Para empezar a conocerla se puede examinar el plano en algún café de la plaza Jardín de la Unión, junto a la iglesia de San Diego y el Teatro Juárez, inaugurado hace más de un siglo por Porfirio Díaz. Desde lo alto del monte que domina la ciudad la vista es encantadora: en el centro, la silueta ocre de Nuestra Señora de Guanajuato, flanqueada por el templo barroco de la Compañía de Jesús y un sinfín de casas y edificios antiguos que se extienden hasta donde el horizonte se interrumpe en una línea de montañas. No hay que perderse, además, el Museo Casa Diego de Rivera, el muralista que nació aquí mismo en 1886. Pero la mejor vista de Guanajuato es la que ofrece La Valenciana, la mina de plata que hicieron célebre a la ciudad. Junto a la mina, la iglesia de San Cayetano es otro ejemplo del churrigueresco que volverá a asombrar incluso a los visitantes ya acostumbrados a los tesoros barrocos de esta parte de México. La Valenciana, que a fines del siglo XVII producía dos tercios de toda la plata exportada hacia España y Asia, funciona todavía en la actualidad y se puede visitar la boca y una primera parte de las galerías. Es una buena ocasión para recordar que la fortuna de unos pocos fue también la desgracia de muchos, ya que se cuentan por miles los indígenas muertos durante el período de auge de la explotación minera en la región.</p>
<p><strong>SAN LUIS POTOSI, ZACATECAS, GUADALAJARA</strong><br />
A la Ruta de la Plata aún le quedan varios hitos por recorrer, ciudades que forjaron su riqueza sobre las minas, el trabajo de los metales y el comercio de la plata. San Luis Potosí, a unos 180 kilómetros de Guanajuato, evoca en el nombre la riqueza de las minas de plata bolivianas y fue siglos atrás uno de los principales centros culturales, minerales y mineros del virreinato extendido sobre tierras mexicanas. San Luis está considerada como una de las ciudades más seguras de México; en todo caso, invita a pasear con tranquilidad entre las plazas, iglesias y mansiones del centro, admirando monumentos, fachadas churriguerescas como la del templo del Carmen, el Teatro de la Paz o el Museo Nacional de la Máscara. En parte moderna, en parte colonial, el centro histórico adquiere un aire particularmente encantador con las iluminaciones nocturnas, que le devuelven parte del brillo que supieron darle los metales de sus entrañas.<br />
Más hacia el norte, Zacatecas ofrece la transición entre el altiplano del centro mexicano y la aridez del norte. A 2500 metros de altura, la ciudad conoció la prosperidad gracias a la explotación intensiva de la plata: esa riqueza se ve todavía en las mansiones, los balcones de hierro forjado, las calles elegantes y los edificios donde discurre la vida cultural zacatecana. Es mucho lo que hay para ver y recorrer, desde la Plaza de Armas al Palacio de la Mala Noche, el Mercado González Ortega, la iglesia de Santo Domingo o el convento de Guadalupe, ya en las afueras. Pero uno de los ejes de la visita es el descenso a la mina El Edén, que fue una de las más ricas de México entre el siglo XVI y el siglo XX. Siempre en grupos acompañados por guías, se desciende a los túneles y galerías, se recorre en tren el socavón La Esperanza y se camina por el socavón El Grillo, mientras se van escuchando historias y leyendas que reviven, de la mano de la luz que ilumina las entrañas de la tierra, la dura vida cotidiana y el trabajo de los mineros.<br />
La Ruta de la Plata puede terminar aquí o regresar, como proponen algunos circuitos, para tomar una derivación hacia el oeste, concluyendo en Guadalajara. La ciudad, capital del estado de Jalisco, es una de las más importantes de México, centro tecnológico y cultural conocido por su importante Feria del Libro. Atractiva y alegre todo el año, Guadalajara desarrolla a fondo las tradiciones mexicanas –desde los mariachis hasta el rito del tequila– pero es particularmente atractiva en primavera, la época en que florece el jacarandá, y en otoño, cuando las noches se iluminan con el resplandor de los fuegos artificiales y los mariachis le ponen música a las calles hasta que las velas no arden durante las Fiestas de Octubrez</p>
<p>Por Graciela Cutuli para el Suplemento de Turismo de Pagina 12.</p>
<p><strong>DATOS UTILES</strong></p>
<p><strong>Cómo llegar</strong><br />
En avión a Ciudad de México, a partir de U$S 1100. Desde allí es posible sumarse al recorrido organizado por diversas agencias, o realizar el itinerario por cuenta propia en ómnibus o un vehículo alquilado, para lo cual conviene asesorarse previamente en cada lugar sobre la seguridad del camino y el estado de las rutas.</p>
<p><strong>Dónde alojarse</strong><br />
Se pueden conseguir hoteles en Ciudad de México y las principales ciudades de la Ruta de la Plata a partir de U$S 40/60 la noche. También hay bed and breakfast más accesibles, que ofrecen dormir a partir de U$S 15 la noche.</p>
<p><strong>Más información</strong><br />
<a href="http://www.visitmexico.com" target="_blank">www.visitmexico.com</a></p>
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		<title>Las mejores olas del planeta</title>
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		<pubDate>Mon, 19 Jul 2010 11:00:20 +0000</pubDate>
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		<description><![CDATA[Los católicos visitan el Vaticano, los que profesan la religión judía visitan Israel, pero los seguidores del surf tienen varios puntos sagrados a los que pueden viajar para encontrarse con las mejores olas. A continuación te contamos cuáles son las aguas predilectas para surfear.]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="http://magnusvyt.com.ar/wp2/wp-content/uploads/2010/07/Surf-Tunel.jpg" rel="lightbox[2506]"><img src="http://magnusvyt.com.ar/wp2/wp-content/uploads/2010/07/Surf-Tunel-150x150.jpg" alt="" title="Descubre las mejores olas para surfear." width="150" height="150" class="alignleft size-thumbnail wp-image-2507" /></a>Para millones de personas, el surf es un hobby y un estilo de vida. Una constante en la vida del surfista es buscar olas que sean un desafío permanente, y hay lugares en el mundo cuyas olas sorprenden por su tamaño y magnitud. Estos paraísos de surfistas, que también son sedes de campeonatos de surf, se encuentran en los más diversos rincones del planeta.</p>
<p><strong>Waikiki – Hawaii</strong><br />
Los indígenas de Hawaii tenían la creencia de que el surf era el deporte de los Dioses y sólo algunos elegidos lo podían practicar usando primitivas tablas de madera. Desde hace varias décadas, Hawaii se consagró como la cuna del surf y un lugar de peregrinación al que todos los surfistas van en busca de las olas más grandes.<span id="more-2506"></span><br />
La Waikiki en Honolulu es la meca de todos los fans del surf, ya que se pueden ver olas de más de 8 metros y, por lo general, las condiciones climáticas son favorables. Esta playa es lugar de encuentro de surfistas de todo el mundo; muchos de ellos viven de manera permanente en la zona para dedicarse a tiempo completo a surcar las olas. Los mejores corredores de olas del mundo eligen Waikiki por la bravura del mar que constantemente los pone a prueba. Si bien el mar en esta zona no es apto para principiantes, muchas familias con niños, gente mayor y turistas disfrutan de las olas de Waikiki, donde también se alquilar tablas para aquellos que no hayan ido preparados.</p>
<p><strong>Huntington Beach – California</strong><br />
En la costa californiana se encuentra Huntington Beach, una pequeña ciudad con casi 200.000 habitantes que es conocida como “la ciudad del surf”. Miles de surfistas viven allí y muchos otros la visitan para disfrutar de sus 13 kilómetros de playa y aguas bravas del Océano Pacífico. Las olas son grandiosas ya que tienen un efecto natural por las corrientes que llegan desde la Isla de Santa Catalina.<br />
Haciendo honor a su apodo, Huntington Beach tiene un Paseo y un Hall de la fama dedicado a los surfistas más célebres, además del Museo Internacional del Surf y ser la sede del Campeonato Nacional de Surf “Open USA”.</p>
<p><strong>Surfers Paradise – Australia</strong><br />
La gran isla de Oceanía es uno de los referentes mundiales en materia de surf, una gran cantidad de la población lo practica y hasta es una materia obligatoria en muchas escuelas. El surf es un estilo de vida y el deporte nacional australiano. La ciudad Surfer´s Paradise se encuentra en la Gold Coast de Queensland y es la zona predilecta por los surfistas profesionales y los principiantes para nadar en sus aguas y pasar tiempo en sus playas.<br />
La mejor época para hacer surf, cuando las olas más grandes aparecen, es antes de que comience el verano, en los meses de octubre y noviembre. La ciudad cuenta con cientos de rascacielos y hoteles en la costa ya que “Surfers” es uno de los destinos predilectos por los australianos para veranear.</p>
<p><strong>Uluwatu – Bali</strong><br />
La costa este de Bali tiene las mejores olas, y la playa de Uluwatu es la más prestigiosa en la materia, por eso es la favorita de los surfistas. Una de las contras de Uluwatu es que siempre hay mucha gente, tanto turistas como surfistas que invaden la arena y el agua. Otra de las peculiaridades de este punto es que hay varias cuevas a las que entra el mar y muchos entran allí con el envión de las olas. La mejor época para surfear allí es de mayo a septiembre, pero las aguas por lo general son cálidas.</p>
<p><strong>Más información</strong><br />
<a href="http://www.surfcityusa.com" target="_blank">www.surfcityusa.com</a><br />
<a href="http://www.surfersparadise.com" target="_blank">www.surfersparadise.com</a></p>
<p>Fuente: Todo para Viajar</p>
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		<title>Escenas de un mundo perfecto</title>
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		<pubDate>Mon, 12 Jul 2010 11:00:06 +0000</pubDate>
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		<description><![CDATA[Entre aguas turquesas y corales, una travesía asombrosa por las islas de Tahití, Huahine y Moorea. Excursiones, personajes y snorkel con tiburones.]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="http://magnusvyt.com.ar/wp2/wp-content/uploads/2010/07/Polinesia.jpg" rel="lightbox[2501]"><img src="http://magnusvyt.com.ar/wp2/wp-content/uploads/2010/07/Polinesia-150x150.jpg" alt="" title="JUEGOS ACUATICOS. TURISTAS Y MANTARRAYAS, EN FELIZ CONVIVENCIA." width="150" height="150" class="alignleft size-thumbnail wp-image-2502" /></a>Allá abajo, en Papeete, es casi medianoche. Hemos seguido en vano a un sol anaranjado en su derrotero hacia el oeste. Y ahora desde la ventanilla del avión, la isla apenas se muestra como un puñado de luces desparramadas al azar. Ninguna seña de identidad, ninguna imagen que deje intuir lo que vendrá. Es casi medianoche en Papeete y en el aeropuerto igual hay un revuelo de rituales. “Ia orana, maeva”, dice una mujer alta y flaca, toda vestida de blanco, a modo de bienvenida. Y coloca un collar de flores multicolores. A un costado, un trío toca el ukelele y entona canciones algo dulzonas, mientras otra mujer con una canasta colgando del brazo sale al paso y entrega una flor blanca y perfumada –tiare, la flor nacional, bastante parecida al jazmín– que hay que colocarse, como lo indica la tradición, detrás de la oreja. Hemos llegado finalmente a Papeete, capital de la isla de Tahití, epicentro de la Polinesia Francesa, luego de un largo vuelo con escalas en Santiago de Chile y la Isla de Pascua.<span id="more-2501"></span> Y nada calma la ansiedad. No es igual a cualquier aeropuerto, el aeropuerto que te han dicho que te deposita en las puertas del paraíso. Ni las flores ni el sonido del ukelele ni las sonrisas genuinas de las mujeres, nada calma las ganas de verlo y comprobarlo todo. Uno cree –lo ha escuchado, lo ha leído, se lo han dicho con decenas de adjetivos– que en esta geografía ahora cubierta por el manto negro de una noche cerrada, aquí, al otro lado del planeta, se acomoda un mundo casi perfecto.<br />
Uno ha escuchado que aquí el mar es el mar más bello de todos los mares del mundo; que los atardeceres desprenden colores nunca antes vistos; que las mujeres que cautivaron a Paul Gauguin y Marlon Brando entran en trance cuando bailan; que los peces de colores saltan por encima de las olas; que los paisajes parecen una ensoñación; que las flores son gigantes; que los habitantes de las islas parecen ser felices. Uno supone, entonces, que aquí, en los remotos mares del Pacífico Sur, se esconde el paraíso. Y espera el momento para comprobarlo.<br />
Del aeropuerto partimos en una combi y atravesamos Papeete. La ciudad, con 180.000 habitantes, es la más poblada de la Polinesia. Con sus casas bajas y una extensa costanera, podría ser a primera vista cualquier pueblito del Caribe. Las calles están llamativamente vacías. Apenas un puñado de jóvenes tomando cerveza en una plazoleta. “La Polinesia se disfruta de día”, aclara el conductor de la combi. Llegamos al hotel Radisson. Las olas rompen con furia a metros de la habitación. Es la una de la mañana en Tahití y habrá que intentar dormir algunas horas, aunque el reloj interno aún ajustado al tiempo de Buenos Aires, marque que recién son las seis de la tarde.</p>
<p><strong>Bajo el sol tropical</strong><br />
Las islas de la Polinesia Francesa son las más aisladas del planeta. Basta con chequearlo en un mapamundi. Tahití queda a 9.000 km de Buenos Aires; a 6.000 de California; a 9.000 de Tokio y a 17.000 de París. Más cerca, la rodean Hawai, Pascua, Samoa, Fiji, Nueva Guinea y Australia.<br />
Bajo el paralelo del Ecuador, la Polinesia es un conjunto de cinco archipiélagos formado por 118 islas dispersas en medio del Pacífico Sur. En total, la superficie de los cinco archipiélagos suma 4.200 km2, que flotan en medio de 4 millones de km2 oceánicos (superficie similar a la del continente europeo). Tahití es el epicentro de las llamadas Islas de la Sociedad, que además incluyen a Moorea, Bora Bora, Maupiti, Tahaa, Huahine y Raiatea, entre otras perlas que flotan entre el cielo y el mar.<br />
Tahití es el punto de llegada y partida de cualquier viaje a la Polinesia. Se le suele dedicar sólo un día de estadía. Es algo así como la antesala del paraíso.<br />
Partimos en una combi por la mañana para recorrer el centro de Papeete. Visitamos primero el James Norman Hall Museum, instalado en la antigua casona donde vivió el escritor de la novela Motín del Bounty, protagonizada en cine por Clark Gable, Marlon Brando y más recientemente por Mel Gibson.<br />
Luego visitamos el Wan Museum Pearl, donde se explican los distintos pasos del cultivo de perlas y se exhiben ejemplares, que en algunos casos llegan a un precio de medio millón de dólares.</p>
<p><strong>Saludos y camisas hawaianas</strong><br />
Al final del recorrido llegamos al mercado, uno de los puntos más genuinos de la ciudad. Es una enorme construcción de dos plantas, estilo galpón, que ocupa una manzana donde se amontonan productos de todo tipo, en medio de un desbordante ambiente de voces, aromas y colores.<br />
Hay entre cientos de mesas apiñadas todo lo que uno se puede imaginar: aros, collares de caracoles, caracoles, remeras con el nombre de las islas, pareos, frutas, frutos de mar y pescados enormes, conservas, aceites para el cuerpo, tikis de todos los tamaños (unos tótems bastante feos, que tienen el supuesto don de proteger a las casas y sus habitantes), perfumes, bolsos, sombreros y varios locales de tatuadores, que están siempre llenos de gente.<br />
Al salir del mercado, un hombre de baja estatura, con un collar de flores y vestido con camisa de mangas cortas, se abre paso, gallardo, entre la gente a pura sonrisa y saludos, aunque no le sean devueltos. Detrás del señor que reparte saludos, cuatro hombres corpulentos lo acompañan hasta un auto. “Es Gaston Sang, el presidente de la Polinesia Francesa. Vino al mercado para la apertura del Congreso del aceite de coco”, apunta el guía de la secretaría de Turismo local, Albert, un gigantón con una camisa hawaiana negra con flores blancas también gigantonas.<br />
Albert dice que estuvo con algunos ex presidentes argentinos; que integró la comitiva que guió por la isla a Carlos Méndez –sí, Méndez repite risueño cuando se le pregunta qué dijo– y a Néstor Kirchner, que aquí también se escapaba de sus custodios, siempre según las incomprobables palabras de Albert.</p>
<p><strong>Hacia Huahine</strong><br />
Las hélices del avión de Air Tahití nos impulsan con rumbo a la isla de Huahine. En el trayecto, nos preguntamos –medio en broma y medio en serio– cómo hará el piloto entre tantas islitas desparramadas en medio del mar, para saber cuál es la indicada para el aterrizaje. A la media hora del despegue, sobrevolamos Huahine.<br />
La vista, ahora sí, a pleno sol, es conmovedora. Desde el aire, la isla parece un cuadro impresionista, con sus montañas tapizadas de un verde brillante y la increíble gama de colores del mar que la abraza. Entre la costa y los anillos de coral, el agua de la Polinesia es celeste y muy calma, al punto que a ese sector se lo llama laguna; pasando los arrecifes, el mar se vuelve esmeralda, turquesa, azul profundo.<br />
Huahine, que en lengua local significa sexo de mujer, es una de las islas más autóctonas de la Polinesia. Para llegar al hotel Te Tiare, uno de los dos grandes resorts de la isla, abordamos un lanchón en el pequeño pueblo de Fare. “Huahine es como Bora Bora hace 50 años, antes del turismo masivo”, se enorgullece un nativo en la lancha.<br />
Atravesamos un mar obscenamente transparente y a los diez minutos llegamos a Te Tiare, construido en una bahía de arenas blancas y aguas turquesas al pie de una montaña selvática. Nos recibe un nativo en el muelle haciendo sonar un caracol gigante. Y otra vez aceptamos inclinar la cabeza y que nos coloquen un collar de flores multicolores.<br />
A la mañana siguiente, nos encontramos con Armando para hacer una excursión náutica alrededor de la isla. Armando es nativo de Huahine, lleva un pareo anaranjado y una escandalosa corona de flores y grandes hojas. Armando juega al “buen salvaje”, aunque a cada rato se olvide del papel. Lleva tres tatuajes: dos guardas en el antebrazo derecho y una en el izquierdo. “Antes los tatuajes hablaban de la historia de una persona. Ahora no, es moda, uno mira un catálogo y se hace el que más le gusta. Son lindos, ¿no?”, dice y se mira los brazos.<br />
La excursión incluye un almuerzo en un motu (isla desierta). Armando prepara los platos a metros del mar turquesa: mahi-mahi (el pescado típico de las islas), lomo de atún frito, cerdo, pollo y una deliciosa ensalada con pez espada cortado en dados, pepino, tomate y zanahoria, condimentada con limón y jugo de coco. Luego arroja restos de comida al mar y a los segundos empezamos a almorzar a metros de centenares de peces de todos los colores y tamaños que sacuden el agua cristalina.<br />
Antes de partir, toca el ukelele y canta, pero repentinamente suena el celular que lleva en su pareo anudado a modo de chiripá, pide un momento y se pone a hablar dándonos la espalda. ¿Quién era?, preguntamos. “Nadie, nadie”, cambia de tema.</p>
<p><strong>Entre tiburones</strong><br />
La lancha avanza sigilosa como un pez por las aguas turquesas. Estamos en medio del mar más bello de todos los mares. Calmo como una pileta y enorme como un desierto. En algunos tramos, el agua se confunde con el cielo, y el mar entonces parece marcar que luego de él ya no hay nada. Y sobreviene una rara sensación de que cualquier cosa puede estar ocurriendo en el mundo en este mismo momento en el que uno sigue concentrado en los colores que la lancha va dejando atrás. Pero Armando pega un grito y anuncia que nos llevará a nadar con tiburones.<br />
”Vamos a ver a Claude”, grita. Claude es un francés sesentón que hace 20 años abandonó París, se radicó en Huahine y adoptó un oficio al menos raro. En un viejo barco anclado a un km de la costa, Claude vive ahora de alimentar tiburones y mostrárselos de cerca a los turistas. Hay que ubicarse detrás de una soga, a unos cinco metros del barco y desde allí con snorkel se puede observar cómo Claude le da de comer a los tiburones. La indicación es tajante: no se puede pasar del otro lado de la soga, donde sólo estarán él y los tiburones.<br />
Los más audaces ya están ubicados en primera fila. Claude golpea el agua con enormes trozos de pescado y a los segundos empiezan a aparecer aletas grises por todos lados. Los tiburones deben tener dos metros de largo. Se pasean desafiantes. Aunque no parecen muy interesados en los turistas que los miran desde cerca, snorkel de por medio. Alguien advierte que los tiburones se pasaron del otro lado de la soga y nadan a nuestras espaldas. Volvemos dando largas brazadas al barco, aunque los tiburones que se nos cruzan cambian de rumbo más rápido que nosotros. Armando ríe con ganas. “Nunca se han comido a un turista”, asegura.<br />
A la noche hablamos del encuentro con los tiburones, mientras disfrutamos de un sahimi de atún rojo y frutos de mar, acompañados por un frutado blanco francés. De sobremesa, aun habrá tiempo para disfrutar desde un ventanal con vista al mar de una enorme mantarraya que se mueve a centímetros de la superficie, tal vez atraída por la luz del hotel.</p>
<p><strong>Otra isla, el mismo mar</strong><br />
El vuelo 261 de Air Tahití nos deposita en media hora en Moorea, la segunda isla en importancia turística luego de Bora Bora. A la mañana siguiente, tomamos otra excursión náutica, que promete llevarnos a un santurario de delfines. La travesía va descubriendo una sucesión de bahías con fondo de montañas de curiosas formas y espesa vegetación. En cada bahía, un hotel con bungalows construidos sobre el agua. En esas habitaciones rústicas por fuera y a todo confort por dentro, hay pisos de cristal para espiar a toda hora la vida acuática.<br />
A la media hora de navegación, llegamos finalmente a una zona donde un centenar de delfines nada en círculos, a menos de un kilómetro de la costa. “Están nadando dormidos, por eso no saltan”, dice Harold, timonel de la embarcación. Más adelante, llegamos a un piletón cercano a la costa. Apenas se detiene la lancha, desde todos lados se acercan mantarrayas.<br />
Están acostumbradas a que las alimenten desde los barcos y acuden a toda velocidad. Como los perros de Pavlov, pero bajo el agua. Apenas se pone un pie en la arena, se vienen encima. Tienen el lomo áspero y la panza algo gelatinosa. Son inofensivas, pero hay que cuidarse de no pisarlas; en ese caso, atacan.<br />
A la noche, asistimos al Tiki Village Theatre, dirigido por Olivier Briac, un coreógrafo francés que acredita haber dirigido a Moria Casán en el Tabarís de Buenos Aires. Ahora comanda un cuerpo de 60 bailarines y un complejo a orillas del mar que aspira a mostrar la auténtica vida de los antiguos habitantes de la Polinesia. Hay tiendas donde se puede ver cómo trabajan los artesanos y viviendas típicas. Todo huele un poco a espectáculo for export, pero el cierre con danzas típicas justifica la visita.</p>
<p><strong>Final del juego</strong><br />
Ultimas imágenes del paraíso. Un ferry nos lleva hasta Tahití. Hay que empezar a pensar en la partida. Pero aún quedan algunas horas de playa. Otra vez, los paisajes hipnotizan. Desde la cubierta, la isla de Tahití parece una ensoñación. Tras el mar azul, entre la bruma, aparece la silueta de la isla con sus casitas colgando de la ladera de la montaña.<br />
A la tarde, llueve en el paraíso. Y uno igual no le puede sacar la vista al paisaje. Está nublado y ahora el mar parece haberse vuelto plateado. Las gotas repiquetean contra el piso y las palmeras se zarandean.<br />
Todo dura unos cuantos minutos. Hasta que el sol vuelve a brillar y el mar se convierte otra vez en una pileta turquesa que muere en la arena fina y negra de Papeete.<br />
El agua está tibia y los peces nadan en fila india cerca de la costa: azules, rojos, amarillos, anaranjados, fucsias. El mar retiene, aplaza la despedida. Y uno quiere unos minutos más. Y se da el último chapuzón.<br />
Mientras preparo la valija, miro el paisaje por última vez; miro como quien sabe que ya no verá y trato de retenerlo todo. Ha empezado a caer el sol. El mar está planchado, exótico en su inmensidad. En medio de esa nada inabarcable, diminutas, aparecen dos piraguas. Sólo ellas y el sol anaranjado sobre el mar. ¿Qué se sentirá estando tan solo en medio del paraíso? Miro ya en descuento, cuando la partida es un hecho inevitable. Y las últimas imágenes de la Polinesia me siguen pareciendo una ensoñación. No es fácil acostumbrarse a tanta belleza. No es fácil acostumbrarse a la Polinesia.</p>
<p>Por Eduardo Diana  para el Suplemento Viajes de Clarín.</p>
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		<title>10 formas de matar el tiempo en el aeropuerto</title>
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		<pubDate>Fri, 25 Jun 2010 01:48:55 +0000</pubDate>
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		<category><![CDATA[Matar el tiempo]]></category>

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		<description><![CDATA[Su equipaje ya ha sido verificado, su tarjeta de embarque emitida ... y ahora tiene que esperar horas antes de subir a su avión. ¿Qué se puede hacer con una parada obligada en el aeropuerto?
Mucho, solo hay que encontrarle la vuelta. Aquí están algunas de nuestras sugerencias.]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="http://magnusvyt.com.ar/wp2/wp-content/uploads/2010/06/aeropuerto.jpg" rel="lightbox[2497]"><img src="http://magnusvyt.com.ar/wp2/wp-content/uploads/2010/06/aeropuerto-150x150.jpg" alt="" title="10 formas de matar el tiempo en el aeropuerto." width="150" height="150" class="alignleft size-thumbnail wp-image-2498" /></a>Su equipaje ya ha sido verificado, su tarjeta de embarque emitida &#8230; y ahora tiene que esperar horas antes de subir a su avión. ¿Qué se puede hacer con una parada obligada en el aeropuerto?<br />
Mucho, solo hay que encontrarle la vuelta. Aquí están algunas de nuestras sugerencias:</p>
<p><strong>Haga ejercicio</strong><br />
Siente atrofia muscular por los retrasos en los vuelos? Vaya al gimnasio! Muchos hoteles cuentan con centros de fitness en el aeropuerto y ofrecen pases diarios disponibles para el público, y algunos incluso estan abiertos las 24 horas. ¿No tiene un juego adicional de ropa deportiva? Pongase de pie y dé un paseo a paso ligero alrededor de la terminal, al estilo día de ofertas en el Shopping &#8211; pero no corra si no desea arriesgarse a ser tacleado por un agente de seguridad.<span id="more-2497"></span></p>
<p><strong>Disfrute</strong><br />
Días de spa en el aeropuerto y locales donde se brindan masajes se han convertido en omnipresentse en los aeropuertos internacionales. Tiene miedo a volar? Deje lejos su nerviosismo con un músculo-hormigueo de espalda o masaje de pies, o disfrute de un tratamiento facial y una mani-pedicuría. Simplemente no se relaje tanto que se le olvide su hora de embarque.</p>
<p><strong>Holgazanear</strong><br />
Una vez reservado para los peces gordos en Primera Clase, los salones de lujo ahora puede ser su hogar lejos del hogar &#8211; por unas horas, de todos modos &#8211; y por un módico precio. Como mínimo por lo general tienen asientos cómodos, periódicos y revistas, un buffet de comida y wi-fi (una verdadera buena noticia en los aeropuertos de ignorantes que todavía cobran por el acceso wi-fi).<br />
Algunos de los mejores, como el Premium Lounge Plaza en el Aeropuerto Internacional de Kuala Lumpur, ofrecen duchas, cerveza gratis, películas y hasta un green de golf. Woow!</p>
<p><strong>El observador</strong><br />
Si hay algo que en los aeropuertos rara vez hay poco, es gente. Muestre interés en sus compañeros de viaje: juegue al detective y vea cuánto puede averiguar acerca de ellos a través de su capacidad de observación (o sino al juego policía de la moda y juzgue su mal gusto para la ropa). Si le gustó la película Love Actually, recree la escena del comienzo al ver el emotivo reencuentro en la puerta de llegadas internacionales.Traiga sus propias carilinas.</p>
<p><strong>La vidriera</strong><br />
En estos días algunos aeropuertos casi parecen glorificados centros comerciales donde ocurre el aterrizaje de aviones, y los precios son elevados ya que no hay otro lugar adonde ir. Pero usted puede tener un montón de diversión jugando gratis con los gadgets de viaje y sillas de masaje en Brookstone, probando cremas hidratantes y fragancias en L&#8217;Occitane, navegando en los libros WH Smith y buscando desorbitados precios en las etiquetas de Prada. Tiene algo de dinero extra para gastar? Uselo para comprar algunos souvenirs locales o dulces para llevar a casa.</p>
<p><strong>Vuelva a la naturaleza</strong><br />
Si está volando por el sudeste asiático, usted puede encontrar en la hermosa zona verde un respiro a la ya habitual experiencia de cemento y vidrio de los aeropuertos. El Aeropuerto Internacional de Kuala Lumpur ha trasplantado una sección de la selva tropical de Malasia dentro del aeropuerto para los visitantes la exploren, y el Aeropuerto Changi de Singapur cuenta a lo largo del complejo con media docena de jardines diferentes, incluyendo un jardín de orquídeas con estanque koi y un hábitat tropical lleno de mariposas, plantas carnívoras y una gruta con cascada.</p>
<p><strong>Turismo por un día</strong><br />
Si usted tiene una parada muy larga entre los vuelos, considere omitir completamente la experiencia del aeropuerto y en su lugar haga turismo durante medio día. Muchos aeropuertos cuentan con servicios de tren directos al centro de la ciudad, tales como Chicago, Sydney y Hong Kong &#8211; donde se puede incluso despachar sus equipaje y obtener una tarjeta de embarque en la estación. El Aeropuerto Changi de Singapur ofrece una excursión gratis de dos horas por la ciudad a los pasajeros que tienen una escala de al menos cinco horas.</p>
<p><strong>Coma bien</strong><br />
Si no puede soportar la idea de tener que comer en una vulgar bandeja de servir genérica durante su vuelo, disfrute de una buena comida antes de subir. Pero olvídese de las bandejas plásticas tradicionales del patio de comidas: los aeropuertos en estos días han comenzado a ofrecer buenos restaurantes, a menudo con el chefs famosos.También puede ser una buena manera de probar un poco de la cocina regional: si es un amante de la carne haciendo conexión en Memphis, por ejemplo, pruebe uno de sus cuatro restaurantes de barbacoa dentro de la terminal.</p>
<p><strong>Disfrute de un rato de tranquilidad</strong><br />
La mayoría de los aeropuertos tienen capillas y &#8220;habitaciones tranquilas&#8221; que son buenas para un poco de introspección solitaria, si desea orar, meditar o simplemente contemplar su ombligo en silencio por un tiempo. Para aquellos que sienten que necesitan alguna orientación pastoral, el aeropuerto de Heathrow en Londres tiene capellanes anglicanos y católicos, budistas, judíos, musulmanes, hindúes y hasta representantes de la fe sijs&#8217; a pedido.</p>
<p><strong>A jugar</strong><br />
El Aeropuerto estrella de Singapur, el Aeropuerto de Changi, ofrece toda clase de alternativas para matar el aburrimiento de sus pasajeros. Además de un parque infantil, un taller de arte y artesanías, tres salas de cine con películas gratis y una zona de ocio con juegos de vídeos gratuitos y reproductores portátiles para escuchar música, se ha instalado recientemente un parque infantil con una pasarela de cuatro pisos de altura pra que pueda revivir sus días de juventud, así como una versión de la mitad del tamaño para cualquier persona que tema a las alturas.<br />
Y por supuesto, si usted tiene uno de los nuevos y flamantes iPads a mano, podrás dar un paseo y leer libros electrónicos durante su escala, jugar juegos o navegar por la web usando la red wi-fi. del aeropuerto (Usted podría incluso echar un vistazo a nuestra nueva aplicación 1000 recopilaciones para Ipad (1000 Ultimate Experiences Ipad App) para algunas &#8211; bueno, un millar &#8211; de ideas de viaje.)</p>
<p>¿Cuáles son algunas de sus formas favoritas de matar el tiempo en un aeropuerto? Deje sus comentarios y comparta su experiencia!</p>
<p>Traducción del artículo 10 ways to kill time at the airport escrito por Ali Lemer para Lonely Planet</p>
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		<title>Tours en San Francisco: El equilibrio justo</title>
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		<pubDate>Mon, 07 Jun 2010 03:09:25 +0000</pubDate>
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				<category><![CDATA[Estados Unidos]]></category>
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		<description><![CDATA[Circular por primera vez en un Segway es una experiencia curiosa, además de una forma muy cómoda de explorar calles y barrios.]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="http://magnusvyt.com.ar/wp2/wp-content/uploads/2010/06/Segway1.jpg" rel="lightbox[2490]"><img src="http://magnusvyt.com.ar/wp2/wp-content/uploads/2010/06/Segway1-150x150.jpg" alt="" title="Circular por primera vez en un Segway es una experiencia curiosa, además de una forma muy cómoda de explorar calles y barrios" width="150" height="150" class="alignleft size-thumbnail wp-image-2492" /></a>SAN FRANCISCO.- ¿Es un monopatín eléctrico? No. ¿Una patineta? Tampoco. Ni se parece a una moto. El Segway consiste en un motor con dos ruedas grandes, un manubrio sin volante, freno, acelerador y una plataforma que transporta al pasajero&#8230; leyéndole el pensamiento.<br />
Es eléctrico, no contamina y con enchufarlo en un toma permite varias horas de uso. Y, sobre todo, es una experiencia que no se debe desaprovechar.<br />
Cuando lo presentó su inventor, Dean Kamen, lo definió como &#8220;el primer medio de transporte humano dinámicamente estabilizado. Actúa como los humanos. Tiene una serie de giroscopios que reaccionan como nuestro oído interno, una computadora que hace el trabajo de nuestro cerebro, un grupo de motores que desempeña la función de los músculos y dos ruedas que replican a nuestros pies&#8221;.<span id="more-2490"></span><br />
San Francisco es una de las ciudades donde se lo puede ver en pleno funcionamiento. En Beach Street y Larkin, por ejemplo, se encuentra un local desde donde parten los llamados Segway Tours. Fácil de aprender y fantástico de manejar, promete la publicidad.<br />
La agencia organiza recorridos y su costo es de 70 dólares, que incluye la instrucción necesaria -de media hora- y el paseo de dos horas por las calles de San Francisco. No hay límite de edad, pero para poder utilizarlo la persona debe poder subir y bajar escalones con facilidad, sin asistencia especial. El único otro requisito es colocarse un casco y un chaleco refractario.<br />
La primera lección es subirse al Segway. Previamente hay que ponerlo en marcha ya que funciona mediante 5 giroscopios (sensores) en conjunto con 10 microprocesadores y sensores antivuelco, que constituyen un sistema de estabilización que le permite detectar el peso del pasajero, su centro de gravedad y la inclinación.<br />
Estos parámetros se traducen en el avance, frenado y retroceso. Hay que subirse en un solo acto y lo más rápido posible para evitar que el dispositivo arranque y nos demos el primer porrazo.<br />
El ascenso produce la primera emoción: un cosquilleo en los pies, mientras el instructor, Alan, indica que se debe inclinar el cuerpo para adelante. Para frenarlo, en cambio, hay que hacer lo contrario: un movimiento similar a sentarse en el aire. Doblar es sencillo: basta inclinar el cuerpo para uno u otro lado.</p>
<p><strong>Salir a las pistas</strong><br />
Daniel, mi hermano sexagenario -muy aventurero y osado- no tiene problema en asimilar la primera lección, igual que mi mujer, Cecilia, encantada y con la adrenalina a mil por la experiencia.<br />
Tenemos que recorrer un circuito con unos conos donde practicamos slalom, doblado, frenado, reversa y las piruetas básicas para salir a la calle con el menor riesgo posible.<br />
La sensación que produce su manejo es única ya que se conduce parado, a una buena altura, y al ver por encima del techo de los autos nos permite tener una visión periférica inmejorable.<br />
Para poder aprobar la instrucción (los norteamericanos son muy precavidos en temas de seguridad) fuimos en fila india hasta un muelle, enfrente del local, con escasos peatones donde ya desarrollamos más velocidad, y enseguida, para despuntar el vicio, nos pusimos a correr carreras a fondo ante la atenta mirada de Alan. Ya estábamos aprobados para recorrer las famosas calles de San Francisco (no sin que antes un grupo de argentinos exclamara: Miren a esos payasos luminosos, al vernos montados en el extraño aparato y con los leds que destellaban rabiosamente).<br />
Recorrimos el parque acuático, el Palacio de las Finas Artes y el muelle principal con toda su marina y sus yacht clubs, pero lo más fascinante es cómo se comportó el Segway en las famosas subidas y bajadas de tan bella ciudad.<br />
El ascenso es totalmente perpendicular al piso, ya que si uno se inclina, el aparato se detiene de inmediato. Es tan sensible que si se saca un pie de la plataforma interpreta que su conductor está desestabilizado, y para evitar un posible percance queda inmóvil automáticamente.<br />
En varios aeropuertos del mundo es común ver a personal de seguridad trepado a los Segway y recorriendo largas distancias en tiempos cortos.<br />
Conclusión. Es una aventura muy placentera, imposible no hacerla. Su precio, alto, sin embargo, está ampliamente justificado y la adrenalina entregada le asegura un descanso profundo en las horas de sueño.<br />
Pero no se desespere que si no está por viajar a San Francisco también hay Segway tours en otras ciudades importantes como Atlanta, Washington, Barcelona, Berlín, Florencia, México, Toronto y Praga.</p>
<p>Por Bartolomé Abella Nazar para el Suplemento de Turismo de LA NACION.</p>
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