Playa de Bora BoraCierro los ojos y las veo. Islas grandes o pequeñas con verdes cimas cubiertas de vegetación; elevadas cumbres perdidas entre nubes; playas de arena blanca, dorada o negra de lava volcánica; montañas majestuosas sobre el profundo océano; islas bajas, atolones en forma de anillo, con lagunas interiores de luminosas tonalidades cambiantes del verde jade al azul turquesa. Multitud de motus (islotes) e incontables costas que se suceden hasta el infinito. Palmeras, cocoteros, conchas de caracol, millares de peces, cielo despejado, sol radiante… hace una semana que estoy aq uí, y no lo dudo: si el Paraíso quedara en la Tierra, se llamaría Polinesia.
En este edén -como en el de Adán y Eva- las cosas no resultaron tan fáciles como aparentan. Sus primeros pobladores no fueron creados del barro ni de una costilla; vinieron desde todas partes del mundo miles de alias antes de que alguien pensara siquiera en registrar su travesía -y mucho menos su ocupación- por escrito. Llegaron a distintas islas, a cual más bella. En cualquier de ellas la comida se conseguía como maná caído del cielo, agua tenían de sobra y no necesitaron más excusas para instalarse. Construyeron fares, chozas de madera con techos de hojas secas de pandanus (palmera de hojas muy resistentes) y barcazas largas a las que llamaban baas. Levantaron maraes, lugares de piedra donde se ofrecían cultos a los dioses, esculpieron sus divinidades (tikis) en piedra y armaron tohuas, explanadas donde celebraban fiestas y bailes con guitarras y ukeleles. Se pintaron los desnudos cuerpos con tatuajes en tinta negra, símbolos y marcas de familia y tradición, historias enteras que podían leerse como un libro. Eran felices, pero no para siempre.
Llegaron los otros. Los navegantes europeos. El descubrimiento se dio a conocer al mundo “civilizado” recién en 1769, época en que surcaban los mares el capitán Cook y su tripulación de científicos, astrónomos y hasta pintores. Tras él vinieron los protestantes de la London Missionary Society (1797), que se ocuparon de “educar” a las tribus y con ellos se acabaron los bailes, la música, la ropa ligera y los tatuajes. Aparecieron las iglesias, las normas, los castigos. Hubo motines, protestas y batallas. Vinieron misionarios franceses que expulsaron a los protestantes ingleses. Los levantamientos y los conflictos continuaron y estalló la guerra franco-tahitiana. Al fin, a mediados de 1847 llegó la paz y poco a poco se fueron uniendo las 118 islas de los cinco archipiélagos -Société, Australes, Tuamotu, Gambier y Marquesas- que hoy conforman la Polinesia Francesa, con sus prácticamente cuatro millones de kilómetros cuadrados, superficie equivalente a la de Europa. El 98 por ciento de todo ese territorio es agua, su mayor tesoro.

La isla mágica
-Señorita, ¿qué prefiere para la cena? Le recomendamos el atún rosado, recién pescado en Rapa Nui.
La Isla de Pascua fue nuestra segunda escala en la ruta aérea al Pacífico, después de Santiago, Chile. Eugenio y yo íbamos rumbo a Polinesia invitados por LAN, confortablemente instalados en la Clase Ejecutiva Premium; felices como chicos, las 12 horas de vuelo se nos esfumaron antes de lo deseado. Acepté el ofrecimiento de la azafata sin dudado.
No me equivoqué.
En cuanto aterrizamos en Papeete, la capital de Tahití, fuimos recibidos como en las películas, con acordes de ukeleles y collares de tiare, una flor pequeña, blanca y perfumada como un jazmín.
Tahití no será la preferida de los turistas, pero lo cierto es que es paso obligado para apreciar la cultura polinesia. La isla, de montañas escarpadas y valles profundos, está rodeada de playas de arena negra y un mar azul que rompe en pequeñas pero fuertes olas. Son imperdibles el colorido mercado en el que se vende desde flores, frutas y verduras hasta artesanías y pescados, el emblemático Museo de la Perla y la cena en la Roulotte, especie de feria de tráilers que se instalan de noche en el puerto y venden comida rápida.
A unos 17 km de Tahití se recorta la silueta de Moorea, la mística isla vecina en forma de estrella; un jardín tropical de palmeras, cascadas, altos picos y amplias bahías al que se llega en ferry.
A Moorea la llaman la isla mágica. Antiguo refugio de la realeza tahitiana, es cuna de mitos y leyendas que se fueron mezclando y perdiendo entre las enseñanzas protestantes que tan profundo arraigaron.
Desde el mirador del Belvedere -la montaña más alta- se divisa una de las lagunas más hermosas de las islas de la Sociedad, acariciando las playas de arena coralina.
Además de admirar su geografía, en Moorea hay que visitar el Dolphin Quest para nadar con delfines y almorzar en Tiki Village, el centro cultural de Olivier Briac. El coreógrafo parisino se radicó aquí hace 20 años y creó esta pequeña villa en la que convive con distintos artistas: expertos tatuadores, pintores y músicos; mujeres dedicadas a trenzar esteras con palma de cocotero y niñas que confeccionan coronas de flores. Después de la comida -pescado crudo liviano y refrescante bajo el sol del mediodía- dos morenas de pelo negrísimo adornado con flores quisieron enseñamos a bailar ya vestir los pareas típicos en distintas maneras. El resultado fue bastante malo en ambos casos, y aunque me rendí con el tema de la danza, confieso que lo de los pareos lo seguí intentando durante el resto del viaje.

Joyita del Pacífico
El vuelo a Bora Bora no duró más de 45 minutos. Los 45 minutos de vistas más espectaculares que alguien pudiera desear ver jamás. Desde el aire, el cielo y el mar se funden en el horizonte y se reconocen bajo las nubes las manchas verdosas de Huaine, Tahaa y Raiatea, sus barreras de coral y sus lagunas, por acá más claras, por allá más oscuras, todas increíbles.
Bora Bora es amor a primera vista. Por qué se la conoce como la isla más linda y romántica del mundo, salta a los ojos. Los verdes contrastan con los degradados turquesas de una laguna deslumbrante, piscina natural multicolor y luminosa rodeada de motus de arenas blancas y cocoteros.
Su nombre en tahitiano es Pora Pora y significa “nacida la primera”. Antiguamente, se la conocía con el nombre de Mai Te Para, creada por los dioses, quienes hicieron emerger de las profundidades el inmenso volcán que la originó. El estallido de piedra basáltica y la acción de los corales provocó ese círculo de islotes alrededor de los picos Pahia y Otemanu y la consecuencia es ese destino con el que sueñan mieleros de todo el mundo.
Un pequeño crucero que esperaba a 20 metros de la pista de aterrizaje, nos llevó directamente hacia el muelle del Bora Bora Lagoon Resort, ubicado sobre el motu Toopua. Dicen que fue uno de los primeros en construir bungalós como chozas sobre pilotes, diseño que después adoptó el resto de los hoteles y que hoy es parte del encanto de Polinesia.
En el lobby nos recibieron con collares de flores que olían a vainilla y cocos con pajita y sombrillas como refresco. Instantes después descubrimos la belleza de dormir en una de esas preciosas habitaciones desparramadas aguas adentro, con e! detalle del rectángulo de piso transparente, y sobre éste una mesa vidriada de igual tamaño, para ver el ir y venir de los pececitos.
El tiempo perdió todo sentido. A partir de ese momento, sentimos que en este universo paralelo podíamos ser absolutamente libres. Un snorkel en el placard, ojotas para protegerse de los filosos corales y la pequeña escalera que lleva del deck al agua fue todo el equipo necesario para integrarse en ese extraordinario mundo. Los días siguientes fueron tan agotadores como espectaculares.
DIA 1. Comenzó con un magnífico masaje en el spa, en la copa de un gran gomero (Gauguin habría muerto de envidia con ese primer atardecer de brillosos dorados) y se selló cenando con los pies enterrados en la arena del restaurante Bloody Mary’s en Vaitape, la capital de Bora Bora, a la que cruzamos en el shuttle del resort. Allí probamos atún rojo, pez espada y mahi-mahi, los pescados típicos. Día más delicioso (en más de un sentido) no pudo ser.
DIA 2. Recibí el desayuno en la cama; la bandeja -con botella de champagne incluida- la trajeron dos tahitianos que vinieron hasta mi bungaló en canoa.
A esta experiencia insólita le siguió un programa impactante. Nos colocaron escafandras cual astronautas e hicimos una “caminata lunar” bajo el mar, con una bolsita de pan que atrajo a miles de peces que nos rodearon pero no se dejaron tocar, moviéndose veloces, dando pinceladas multicolores a centímetros de nuestros dedos.
Por la tarde hicimos una travesía en 4×4 a pura adrenalina, trepando el cerro Otemanu hasta e! mirador donde instalaron dos de los ocho cañones traídos por los norteamericanos después de la batalla de Pearl Harbour. La guerra del Pacífico nunca llegó hasta aquí. Sí estalló ante nosotros la imagen de la perfección de la naturaleza, mostrándonos la sobrecogedora vista panorámica de Bora Bora.
DIA 3. Visitamos The Farm, la granja de perlas en donde por 500 dólares uno puede bucear, elegir su ostra y ganar una perla, que lo mismo puede valer ese dinero que nada, o diez veces más. El almuerzo lo tomamos en el motu Roa, en una larga mesa con bancos en la playa y los pies en el agua. Los platos consistieron en pescado a la parrilla, arroz, vegetales, coco. Cero cubiertos. Después, otra vez al mar.
Nadar con snorkel, a esta altura, ya nos resultaba tan cómodo como respirar en la superficie; lo que no resultó tan sencillo fue acostumbrarse a caminar en un banco de arena lleno de manta rayas juguetonas, con sus cuerpos alados y viscosos; mucho más nos impresionó la excursión a mar abierto para encontramos con tiburones de arrecife (de menos de dos metros, color gris plata y con aleta dorsal negra y puntiaguda) que nos rondaron, desconfiados, mientras los guías nos juraban que sólo había que relajarse y disfrutarlos. La verdad, no logré despegarme más de un metro de la escalera de la lancha.

La isla de la Perla Negra
Manihi se encuentra a 500 km de Tahití, en el archipiélago de las Tuamotu. En este atolón de 72 km2 se estableció, por la pureza de sus aguas, la primera granja de Pinctada Margaritífera -ostra productora de perla negra- del Pacífico, actividad a la que se dedica la gran mayoría de los 600 habitantes de la villa de Turipaoa.
El avión de Air Tahiti aterrizó en la corta pista del aeropuerto que apenas consiste en una choza con techo de paja y dos paredes. De un lado de la pista se ve el calmo espejo turquesa encerrado por el anillo de coral y del otro, la inmensa vastedad del océano.
En menos de cinco minutos nos instalamos en el Manihi Pearl Beach Resort. De nuevo los bungalós divinos sobre la laguna y su mundo acuático, de nuevo la platea al infinito azul.
Esa noche tuvimos tormenta tropical, y qué tormenta. Toda la furia de los vientos se desató sobre Manihi; momento mágico que terminó con la misma velocidad con la que había empezado.
El nuevo día amaneció resplandeciente. Fue entonces cuando apareció en escena Kana, el timonel de la lancha que nos llevaría a hacer un “motu picnic”. Oriundo de las Marquesas (las islas que mejor preservaron sus costumbres y cultura original), este morochazo de manos enormes, musculoso y sonriente, entre tímido y misterioso, no hablaba una palabra de inglés y mucho menos español.
Kana nos llevó al centro de la laguna, nos entregó una tanza con carnada y con señas muy elocuentes dio a entender que el que no pescaba, no comía. No fue mayor problema. Al primer mero, le siguió otro y otro y otro más. Hasta un mahi-mahi sacamos. Luego anclamos en un islote. Entre chapuzones y gritos, Kana sacó de entre los corales un pulpo con las manos. Se lo puso de sombrero, jugó con los tentáculos, le dio una y mil vueltas hasta que se metió la cabeza del bicho en la boca y lo mordió. La explosión de tinta le salpicó la cara y el cuerpo, y de repente se convirtió en un guerrero con su presa. Lo hizo para la foto, obviamente, pero todos nosotros lo mirábamos extasiados, como a un semidiós en la Tierra.
Después Kana recuperó su condición humana y nos preparó ensaladas con leche de coco y asó los pescados a la parrilla. Él comió sentado en la orilla del motu, rodeado de peces hambrientos y por lo menos nueve o diez tiburones (de esos de arrecife, que ya sabíamos que no hacían nada, pero tiburones al fin). Más tarde, con un machete en la boca, lo vimos trepar como mono a un cocotero y volver a bajar con varios de sus frutos. Entre risas -todavía dudo si por simpático o por burlón- peló el suyo con los dientes y nos instó a intentado. Imposible. Sin dejar de reírse, se encargó del resto y brindamos en la solitaria islita con agua de coco. Maravilloso.

Nana Polinesia
Vuelvo a donde empecé. Ya hace una semana que estoy en el paraíso. Tengo un jugo de naranja en la mano, recostada en una hamaca bajo palmeras que danzan con la suave brisa que viene de la laguna y estoy vestida con pareo (finalmente aprendí atado más o menos como se debe). Creo que podría acostumbrarme a esta vida.
Abro los ojos y todavía están ahí. El olor de las tiare en el pelo, los colores imposibles del mar, los extraordinarios paseos submarinos, el amanecer y el atardecer sobre el agua.
También pienso en frutas exóticas de sabores que desconocía, en los bailes y en la música tahitiana, en las estupendas perlas negras y los tatuajes en los brazos de Kana. Si esto no es la felicidad, se le parece bastante. ¿Qué no haría alguien para quedarse aquí definitivamente? ¿Podría yo, como Kana, aprender a trepar los cocoteros y prepararme en un motu la comida diaria? No, no creo. La única que me queda es levantarme y caminar con Eugenio al aeropuerto. Kana no nos acompaña. La despedida la hacemos a la manera tahitiana, con perfumados collares y un veloz pero cálido intercambio de saludos. Nana (adiós) y mauru’uru (¡gracias!).

Por Lucía Jutard para la Revista Lugares.

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