SAN FRANCISCO.- ¿Es un monopatín eléctrico? No. ¿Una patineta? Tampoco. Ni se parece a una moto. El Segway consiste en un motor con dos ruedas grandes, un manubrio sin volante, freno, acelerador y una plataforma que transporta al pasajero… leyéndole el pensamiento.
Es eléctrico, no contamina y con enchufarlo en un toma permite varias horas de uso. Y, sobre todo, es una experiencia que no se debe desaprovechar.
Cuando lo presentó su inventor, Dean Kamen, lo definió como “el primer medio de transporte humano dinámicamente estabilizado. Actúa como los humanos. Tiene una serie de giroscopios que reaccionan como nuestro oído interno, una computadora que hace el trabajo de nuestro cerebro, un grupo de motores que desempeña la función de los músculos y dos ruedas que replican a nuestros pies”.
San Francisco es una de las ciudades donde se lo puede ver en pleno funcionamiento. En Beach Street y Larkin, por ejemplo, se encuentra un local desde donde parten los llamados Segway Tours. Fácil de aprender y fantástico de manejar, promete la publicidad.
La agencia organiza recorridos y su costo es de 70 dólares, que incluye la instrucción necesaria -de media hora- y el paseo de dos horas por las calles de San Francisco. No hay límite de edad, pero para poder utilizarlo la persona debe poder subir y bajar escalones con facilidad, sin asistencia especial. El único otro requisito es colocarse un casco y un chaleco refractario.
La primera lección es subirse al Segway. Previamente hay que ponerlo en marcha ya que funciona mediante 5 giroscopios (sensores) en conjunto con 10 microprocesadores y sensores antivuelco, que constituyen un sistema de estabilización que le permite detectar el peso del pasajero, su centro de gravedad y la inclinación.
Estos parámetros se traducen en el avance, frenado y retroceso. Hay que subirse en un solo acto y lo más rápido posible para evitar que el dispositivo arranque y nos demos el primer porrazo.
El ascenso produce la primera emoción: un cosquilleo en los pies, mientras el instructor, Alan, indica que se debe inclinar el cuerpo para adelante. Para frenarlo, en cambio, hay que hacer lo contrario: un movimiento similar a sentarse en el aire. Doblar es sencillo: basta inclinar el cuerpo para uno u otro lado.

Salir a las pistas
Daniel, mi hermano sexagenario -muy aventurero y osado- no tiene problema en asimilar la primera lección, igual que mi mujer, Cecilia, encantada y con la adrenalina a mil por la experiencia.
Tenemos que recorrer un circuito con unos conos donde practicamos slalom, doblado, frenado, reversa y las piruetas básicas para salir a la calle con el menor riesgo posible.
La sensación que produce su manejo es única ya que se conduce parado, a una buena altura, y al ver por encima del techo de los autos nos permite tener una visión periférica inmejorable.
Para poder aprobar la instrucción (los norteamericanos son muy precavidos en temas de seguridad) fuimos en fila india hasta un muelle, enfrente del local, con escasos peatones donde ya desarrollamos más velocidad, y enseguida, para despuntar el vicio, nos pusimos a correr carreras a fondo ante la atenta mirada de Alan. Ya estábamos aprobados para recorrer las famosas calles de San Francisco (no sin que antes un grupo de argentinos exclamara: Miren a esos payasos luminosos, al vernos montados en el extraño aparato y con los leds que destellaban rabiosamente).
Recorrimos el parque acuático, el Palacio de las Finas Artes y el muelle principal con toda su marina y sus yacht clubs, pero lo más fascinante es cómo se comportó el Segway en las famosas subidas y bajadas de tan bella ciudad.
El ascenso es totalmente perpendicular al piso, ya que si uno se inclina, el aparato se detiene de inmediato. Es tan sensible que si se saca un pie de la plataforma interpreta que su conductor está desestabilizado, y para evitar un posible percance queda inmóvil automáticamente.
En varios aeropuertos del mundo es común ver a personal de seguridad trepado a los Segway y recorriendo largas distancias en tiempos cortos.
Conclusión. Es una aventura muy placentera, imposible no hacerla. Su precio, alto, sin embargo, está ampliamente justificado y la adrenalina entregada le asegura un descanso profundo en las horas de sueño.
Pero no se desespere que si no está por viajar a San Francisco también hay Segway tours en otras ciudades importantes como Atlanta, Washington, Barcelona, Berlín, Florencia, México, Toronto y Praga.

Por Bartolomé Abella Nazar para el Suplemento de Turismo de LA NACION.

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